jueves, 16 de marzo de 2017

Entrevista de semblanza: Detrás de 50 años de servicio...

Elaborado por: Lidia Salgado

Un Mazatlán muy diferente al que conocemos ahora marcó la época en donde la maestra Laura González fue estudiante, antes con tan solo setenta y cinco mil habitantes el ambiente era más tranquilo, fue en la cuidad en la que creció, estuvo marcada por una sencillez que permitía una convivencia más profunda.

A las orillas de la playa, en lo que ahora es la colonia Gaviotas, estaba la casa de sus padres, siempre tuvo un gusto especial por el mar y la lectura, solía irse con una manta y un buen libro a leer sobre la arena, con las tres islas como testigo, no había tantos hoteles como ahora.

En esos tiempos zona dorada estaba despejada, para irse al colegio tenía dos opciones: caminar o hacer el viaje más rápido si a medio camino se subía en alguna carreta que paseaban por lo que ahora es el malecón, ella recuerda con cariño su vida estudiantil en la Agustina Ramírez.
Laura divaga y nos comenta que para ella la vida y el ser humano se divide en tres tiempos que coexisten, la memoria, la historia individual y colectiva, el presente y los planes para el futuro, es así como surge la identidad de cada persona.

La primera anécdota que quiso contarnos, es personal, de sus padres, el tata y la nada, un empresario, dueño de una famosa cantina en aquellos años y una esposa rebelde, casi impensable en aquellos años, que se negaba a ser el estereotipo de mujer de aquella época, todo aquello reconoce la marcaron para siempre como persona.

Entrevistadora: ¿En dónde nace su amor a lectura y a la enseñanza, maestra Laura?

Laura González: Recuerdo que mi padre leía, leía mucho, me repetía una y otra vez que era la clave del éxito, mientras mi madre me decía que yo podía leer y estudiar, como mis otros tres hermanos mayores, que no por ser mujer tenía que abnegarme a las labores domésticas que se me asignaban. Es de ahí de donde viene mi fuerza y esencia.

Se acerqué a los libros de manera casi privilegiada, ya que mi padre tenía un cuarto repleto de libros, de todos los temas habidos y por haber, recuerdo que mes con mes recibía libros nuevos de la capital del país. Mi constante interés y hábito de la lectura que cultivé desde pequeña, me hicieron interesarme por las letras.

Cuando crecí, y comencé a ver las desigualdades que me rodeaban, y lo privilegiada que era como mujer de ese antiguo Mazatlán al saber leer y permitirme no caer en un rol social, comencé a sentir que le debía algo a esa sociedad que me había visto crecer, que le debía algo a todas esas niñas que no tuvieron las mismas oportunidades, es ahí donde comienza mi carrera universitaria, maestra, mi pasión por enseñar surgió en ese instante.

E: Y qué ocurrió después ¿Siguió adelante? ¿Era lo que esperaba?

LG: Pues justo con ese gran entusiasmo que me abrazó al encontrar mi vocación, mi vida personal cayó en declive, mi padre murió y el dinero que quedaba lo usamos para que todos termináramos de estudiar, mis tres hermanos mayores se fueron a estudiar a la capital, y yo me quedé con mi madre, montamos una tienda de abarrotes, y cuando empezó a dar frutos el negocio, me mudé a Culiacán.
Me inscribí en la Escuela normal de Sinaloa, pesar de contar con cincuenta años de servicio, no considero haber hecho gran diferencia en la sociedad, debo admitir que me faltó hacer más por mi sociedad, debí de haberme seguido preparando, siempre me parece increíble la cantidad de alumnos que me saludan con mucho cariño cada vez que salgo a algún lugar público.

E: Pero, no hablemos de usted cómo maestra, sino como la mujer de familia ¿Tiene hijos? ¿Cómo ha equilibrado su vida laboral y familiar?

LG: Mientras formaba a miles y miles de ciudadanos en las aulas de clase, tenía a cuatro personitas muy especiales en casa, César, Femando, y los cuates, Fernanda y Benito, mis hijos. Me duele decir que me faltó tiempo para ellos, pero así fue, desde muy pequeños perdieron a su padre, y durante todos estos años, me he encargado de ellos, con esfuerzo y dedicación, los he consentido hasta no poder más, les he regado casas, carros, hasta trabajos, a cada uno de ellos ¿cómo le he ehcho? ni yo lo sé, sin ayuda de nadie he logrado hacer esto por mis hijos, pero me arrepiento un poco de no haber dejado de lado el asunto económico y haberles dado tiempo de calidad, pero con cuatro hijos no podía darme el lujo de detener el reloj por unos momentos, mis hijos necesitaban ropa, alimento, necesitaba tener el poder de mostrarles el mundo, al igual que mi padre lo había hecho conmigo.
E:¿Qué pasa después de cincuenta años de servicio y dedicación en la vida de Laura?

LG: Trabajé cincuenta años en distintas escuelas de Mazatlán, dejando mi granito de arena en cada una de ellas, era reconocida por ser una maestra estricta pero eficiente, por ser compresiva y emprendedora. Así fue como me hice viejita, ni me di cuenta, repartiendo mis enseñanzas a mis niños, niños que ahora tienen a sus propios niños y con admiración y aprecio me saludan en cualquier lugar donde me encuentren. Podría decir haber tenido miles de hijos en toda mi vida como maestra, pero sería injusto para los demás, porque nadie me ha dado más dolores de cabeza que esos cuatro rebeldes que tengo en casa de manera permanente.

Después de una amena charla, Laura ahora con 70 años, 4 hijos, 6 nietos, disfruta su jubilación, el poder dedicarse tiempo, el poder leer tranquila y sin prisas, y el privilegio de ver a sus hijos realizados y felices.

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