Elaborado por: Lidia Salgado
Un Mazatlán muy diferente al que
conocemos ahora marcó la época en donde la maestra Laura González fue
estudiante, antes con tan solo setenta y cinco mil habitantes el ambiente era
más tranquilo, fue en la cuidad en la que creció, estuvo marcada por una
sencillez que permitía una convivencia más profunda.
A las
orillas de la playa, en lo que ahora es la colonia Gaviotas, estaba la casa de
sus padres, siempre tuvo un gusto especial por el mar y la lectura, solía irse
con una manta y un buen libro a leer sobre la arena, con las tres islas como
testigo, no había tantos hoteles como ahora.
En esos
tiempos zona dorada estaba despejada, para irse al colegio tenía dos opciones:
caminar o hacer el viaje más rápido si a medio camino se subía en alguna
carreta que paseaban por lo que ahora es el malecón, ella recuerda con cariño
su vida estudiantil en la Agustina Ramírez.
Laura divaga
y nos comenta que para ella la vida y el ser humano se divide en tres tiempos
que coexisten, la memoria, la historia individual y colectiva, el presente y
los planes para el futuro, es así como surge la identidad de cada persona.
La primera anécdota que quiso
contarnos, es personal, de sus padres, el tata y la nada, un empresario, dueño
de una famosa cantina en aquellos años y una esposa rebelde, casi impensable en
aquellos años, que se negaba a ser el estereotipo de mujer de aquella época,
todo aquello reconoce la marcaron para siempre como persona.
Entrevistadora: ¿En dónde nace su amor a lectura y a
la enseñanza, maestra Laura?
Laura González: Recuerdo que mi padre leía, leía
mucho, me repetía una y otra vez que era la clave del éxito, mientras mi madre
me decía que yo podía leer y estudiar, como mis otros tres hermanos mayores,
que no por ser mujer tenía que abnegarme a las labores domésticas que se me
asignaban. Es de ahí de donde viene mi fuerza y esencia.
Se acerqué a los libros de manera
casi privilegiada, ya que mi padre tenía un cuarto repleto de libros, de todos
los temas habidos y por haber, recuerdo que mes con mes recibía libros nuevos
de la capital del país. Mi constante interés y hábito de la lectura que cultivé
desde pequeña, me hicieron interesarme por las letras.
Cuando crecí, y comencé a ver las
desigualdades que me rodeaban, y lo privilegiada que era como mujer de ese
antiguo Mazatlán al saber leer y permitirme no caer en un rol social, comencé a
sentir que le debía algo a esa sociedad que me había visto crecer, que le debía
algo a todas esas niñas que no tuvieron las mismas oportunidades, es ahí donde
comienza mi carrera universitaria, maestra, mi pasión por enseñar surgió en ese
instante.
E: Y qué ocurrió después ¿Siguió
adelante? ¿Era lo que esperaba?
LG: Pues justo con ese gran entusiasmo
que me abrazó al encontrar mi vocación, mi vida personal cayó en declive, mi
padre murió y el dinero que quedaba lo usamos para que todos termináramos de
estudiar, mis tres hermanos mayores se fueron a estudiar a la capital, y yo me
quedé con mi madre, montamos una tienda de abarrotes, y cuando empezó a dar
frutos el negocio, me mudé a Culiacán.
Me inscribí en la Escuela normal de
Sinaloa, pesar de contar con cincuenta años de servicio, no considero haber
hecho gran diferencia en la sociedad, debo admitir que me faltó hacer más por
mi sociedad, debí de haberme seguido preparando, siempre me parece increíble la
cantidad de alumnos que me saludan con mucho cariño cada vez que salgo a algún
lugar público.
E: Pero, no hablemos de usted cómo
maestra, sino como la mujer de familia ¿Tiene hijos? ¿Cómo ha equilibrado su
vida laboral y familiar?
LG: Mientras formaba a miles y miles de
ciudadanos en las aulas de clase, tenía a cuatro personitas muy especiales en
casa, César, Femando, y los cuates, Fernanda y Benito, mis hijos. Me duele
decir que me faltó tiempo para ellos, pero así fue, desde muy pequeños
perdieron a su padre, y durante todos estos años, me he encargado de ellos, con
esfuerzo y dedicación, los he consentido hasta no poder más, les he regado
casas, carros, hasta trabajos, a cada uno de ellos ¿cómo le he ehcho? ni yo lo
sé, sin ayuda de nadie he logrado hacer esto por mis hijos, pero me arrepiento
un poco de no haber dejado de lado el asunto económico y haberles dado tiempo
de calidad, pero con cuatro hijos no podía darme el lujo de detener el reloj
por unos momentos, mis hijos necesitaban ropa, alimento, necesitaba tener el
poder de mostrarles el mundo, al igual que mi padre lo había hecho conmigo.
E:¿Qué pasa después de cincuenta años
de servicio y dedicación en la vida de Laura?
LG: Trabajé cincuenta años en distintas
escuelas de Mazatlán, dejando mi granito de arena en cada una de ellas, era
reconocida por ser una maestra estricta pero eficiente, por ser compresiva y
emprendedora. Así fue como me hice viejita, ni me di cuenta, repartiendo mis
enseñanzas a mis niños, niños que ahora tienen a sus propios niños y con
admiración y aprecio me saludan en cualquier lugar donde me encuentren. Podría
decir haber tenido miles de hijos en toda mi vida como maestra, pero sería
injusto para los demás, porque nadie me ha dado más dolores de cabeza que esos
cuatro rebeldes que tengo en casa de manera permanente.
Después de una amena charla, Laura
ahora con 70 años, 4 hijos, 6 nietos, disfruta su jubilación, el poder
dedicarse tiempo, el poder leer tranquila y sin prisas, y el privilegio de ver
a sus hijos realizados y felices.
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